sábado 1 de octubre de 2011

La viuda de Borges impide la comercialización de El hacedor (de Borges), 'Remake'

En 1966, Jean Rhys, encantadora escritora caribeña, publica El ancho mar de los sargazos, la historia de Berta Mason en el Caribe. Nada tendría de particular la novelita si no fuera porque Rhys utilizó Jane Eyre, de la británica Charlotte Brontë para contar la misma historia desde el punto de vista de una mujer. Ese mismo año Tom Stoppard estrenó Rosenkrantz and Guildestern han muerto, obra de teatro que tiene como protagonistas a dos personajes menores de Hamlet. Cuenta grosso modo la historia de Hamlet desde el punto de vista de dichos criados.

Del mismo modo, Andrés Sánchez Robayna ha escrito con penetración acerca del modo compositivo de José Ángel Valente. Este, en varios de sus más importantes poemas, incluye versos traducidos de otros escritores sin aclarar de quienes son.

En ningún caso de los mencionados a los escritores les mueve el deseo de copiar o de aprovecharse de los esfuerzos de otros. Es, aunque suene raro, parte de una propuesta literaria que van desarrollando a lo largo de los años, en muchos casos con bastante esfuerzo.

Podría también referirme a la parodia que James Joyce hace de los escritores ingleses en el capítulo 14 de Ulises. Por él van desfilando casi todos los que tuvieron algo que decir en la literatura británica: Thomas Malory, John Bunyan, Daniel Defoe, Lawrence Sterne, Charles Dickens, … O podría también recordar ese hilarante capítulo de Tres tristes tigres en que Guillermo Cabrera Infante cuenta la misma historia parodiando el estilo de varios escritores cubanos coetáneos.

Todo esto, y mucho más que podría añadir, viene a cuento de la decisión que la viuda de Jorge Luis Borges ha tomado respecto a la novela de Agustín Fernández Mallo. Resulta que Fernández Mallo publicó un libro hace varios meses, El hacedor (de Borges), remake. Aunque la gran mayoría de lo que está en el libro es del propio Fernández Mallo, la viuda de Borges ha pedido, abogados mediante, la retirada del libro de las librerías (eufemismo que quiere decir que impide que se venda el libro). Ella no quiere hablar del tema pero el comunicado de la editorial da a entender que lo encuentra irrespetuoso hacia la persona de Jorge Luis Borges, algo que niegan la editorial y el autor.

Siempre he sostenido que los familiares son el mayor inconveniente para los escritores, sobre todo para los ya muertos. Los familiares pueden impedir la publicación de un título simplemente porque un sobrinito está acabando la mediocre edición crítica de uno de los libros de su tío, o porque el autor retrata a sus familiares con veracidad e impudor. Los familiares, que no han escrito una sola línea de los cuentos, las novelas ni un versito de los poemas, pero cuyos derechos de autor ostentan durante muchos años, se permiten la arrogancia de manejar la fama postrera del escritor y, por lo que se ve, ahora también la suerte editorial de otros escritores.

En todo esto sin embargo, hay una especie de justicia poética, borgiana por cierto. La viuda de Borges en un prólogo a alguno de los libros de Borges (no deberíamos desechar la posibilidad de que si no ostentara los derechos de autor, su prólogo no habría sido impreso y no se recordaría), contaba que alguien preguntó a Borges por la fortuna de El tamaño de mi esperanza (libro primerizo del argentino que durante todo su vida se negó a reeditar). Borges afirmó que ese libro no existía y que no lo buscara. Al día siguiente Borges recibió una llamada en la que aquel desconocido que se había interesado por el libro le contestaba que el libro existía y que había un ejemplar en la biblioteca Bodleiana en Oxford. La viuda de Borges habrá impedido la venta del libro El hacedor (de Borges), remake, pero no ha tenido en cuenta que, como en el caso de El tamaño de mi esperanza, ya se han vendido algunos o bastantes ejemplares, que algunos pueden estar en bibliotecas públicas y otros en privadas, y que ese libro, le guste a la viuda o no, existe y seguirá existiendo, y que habrá un momento, dentro de algunos años en que se extingan los derechos de autor, en que podrá reeditarse. Enriquecido, eso sí, con este episodio.

sábado 10 de septiembre de 2011

Un viaje de verano


jueves 1 de septiembre de 2011

Ojos sin rostro



Película de Georges Franju

domingo 31 de julio de 2011

Enfermo tiempo


Soy un hombre poco original, como tantas otras personas, dejo las novelas de más de quinientas páginas para el verano. Hay un placer asordinado en la ritual dedicación vespertina de la lectura. Es un modo soberbio de dejar que el tiempo pase sin que nos enteremos de sus húmedas babas mientras estamos inmersos en las vidas de quienes no hemos conocido pero nos resultan familiares. Compartimos sus vidas durante una par de semanas, a veces más. (Aún recuerdo el largo verano en que me dediqué a convivir con M. Proust y toda su familia y círculo de amigos. Dejaba de lado todo aquello que no era estrictamente necesario en mi otra vida con tal de pasar el mayor número de horas con ellos.)
En estos días voy a poner fin, una vez más, a La montaña mágica. Ha sido hasta ahora un verano de lecturas centroeuropeas: El hombre sin atributos, Noviembre 1918, y ahora la novela de Thomas Mann. No lo había planeado, al contrario de lo que tenía por costumbre otros veranos: allá por mayo iba comprando los libros que luego leería. Este año, sin embargo, se han juntado por casualidad los libros en la mesita en que descansan hasta que los leo. Son tres obras cercanas en el tiempo y en el espacio, escritas en la misma lengua, las tres con preocupaciones similares. Veían cómo de entre las ruinas del mundo que habían conocido, aparecía un futuro monstruoso que muchos creían iba a ser mucho mejor que lo ya conocido.
La montaña mágica comparte esas preocupaciones, sin duda, pero es más es muchísimo más. Es la novela del tiempo, y en esto se parece a En busca del tiempo perdido. En La montaña lo importante es el tiempo, el que se ha detenido allá arriba y que los habitantes del balneario han de aprender a sobrellevar para que no les venza la fatiga del tiempo. No ocurre nada de extraordinario. La gente llega, permanece siempre más tiempo del que había calculado en un primer momento. Los clientes de la clínica pasean, observan sus curas de reposo, comen, hablan sin descanso, pues en medio de la inacción lo único que les está permitido es la conversación y los paseos por los alrededores, por las montañas en casos excepcionales. Suelen marcharse también, aunque la gran mayoría debe volver porque lo común es que recaigan. Lo que permanece es el tiempo, lento, distinto al de la llanura, casi inmóvil, cual una tarde de verano sumida en la lectura.
El tiempo es también la enfermedad, como bien supo Ezra Pound, y nos dejó escrito en uno de sus poemas. Hay algo angustioso o abyecto, depende de cómo se mire, en la enfermedad. La enfermedad es la degradación corporal, es la prueba palpable y que no podemos obviar, de que nos corrompemos, de que somos materia que termina por descomponerse. La enfermedad ataca nuestra creencia de que hay algo divino en nosotros. Pero es también el signo de que estamos vivos. La enfermedad puede ser vista como una fiesta del cuerpo, pues este se bulle mientras la enfermedad, algo externo la ataca. Interna o externa, la enfermedad nos posee aunque no nos pertenezca. Con la enfermedad, las personas nos damos cuenta de que no pertenecemos por completo a este mundo, pues antes o después hemos de partir. Es una lucha angustiosa, es la prueba final que hemos de pasar para dejar de ser lo que somos: seres mortales.
La enfermedad es también detención del tiempo, estancamiento de la vida, pérdida de la realidad porque el tiempo detenido nos separa de la realidad, nos sume en un estado letárgico. El tiempo se detiene mientras el cuerpo está en plena actividad porque ha del uchar contra la enfermedad.
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La casualidad ha querido que un amigo también haya coincidido en la lectura y reflexión: Digestión de la montaña.

viernes 22 de julio de 2011

Execración del aficionado



Solía recordar Luis Cernuda aquello de que José Ortega y Gasset era el mejor literato entre los filósofos y el mejor filósofo entre los literatos, dando así a entender Cernuda, de manera suave pero no exenta de acidez, que Ortega y Gasset no era ni lo uno ni lo otro, y que había en él más de aficionado que de profesional.

Hoy en día la tendencia ha incrementado su fuerza, y no porque los filósofos quieran ser literatos o estos filósofos, sino porque abunda cada día más el que no sabe de algo pero se dedica a ello. No al modo en que Ortega y Gasset lo hacía (ojalá fuera así); más bien, lo hace de una manera floja, sin convencimiento ni empeño. Dedica muchas horas, sí, pero le rinden poco.

Quizás sea que como dijo alguien, ahora con un ordenador cualquiera puede ser novelista. Y con una cámara digital, fotógrafo. Gracias al abaratamiento de los bienes y de los costes cualquiera puede dedicarse a aquello que le gusta o que piensa que le gusta. Con el programa adecuado, cualquiera puede grabar un disco, o puede maquetar un libro que luego imprimirá. Puede, por supuesto, hacer fotografías con una calidad visual, que no artística, elevada. Puede incluso, si se lo propone, pintar o componer música. Y así estamos todos, tan contentos, creyéndonos artistas, dejando que nuestra personalidad se exprese, como si hubiera habido algún momento en que no lo hizo.

Es lo que tiene que la artisticidad (la esencia del artista) esté al alcance de todo el mundo, pues si alguien tiene un sueño, ¿cómo no va a cumplirlo? Y el solo hecho de su ejecución supone que sea extraordinario.

Cada vez con mayor frecuencia, me desagradan los artistas y me inclino por los artesanos. El artesano no pretende que su alma, su personalidad, su inflado ego en suma, se exprese. El artesano ha aprendido una profesión, conoce y domina algunas técnicas y las ejecuta buscando siempre que lo que hace esté bien hecho, no interesándose en expresar la insoportable vaciedad de nuestros egos posmodernos.

Hubo un tiempo en que ser editor era una profesión modesta, en la que algunos ganaban dinero pero no siempre y no todos. Quien se metía al oficio de editor sabía de sus peligros, inconvenientes y problemas. Lo hacía armados de buen saber literario, con gusto por la encuadernación y con una agenda lo suficientemente buena como para que sus libros pudieran tener una mínima repercusión pública. Lo mismo ocurría con los músicos. Al menos sabían interpretar bien una partitura cualquiera y grababan con unos mínimos de calidad sonora. No hablo de los escritores, pues eso sería el no acabar.

Que nos digan que lo nuestro no es eso que nos ha dado por hacer es algo que no aceptamos. Lo nuestro es la expresión de nuestra psicología, personalidad o como queramos llamarlo. Lo nuestro es lo que nuestro capricho nos dice que es. Independientemente de la calidad o de lo que podamos aportar de novedoso. Nadie nos puede decir que no pues enseguida argüimos que nos están censurando o traumatizando. En una sociedad con argumentos tan débiles, es normal que los aficionados abunden y apenas quede rastro o memoria de los verdaderos profesionales.

lunes 27 de junio de 2011

Desiertos



El día hoy da para poco. No es de extrañar cuando el calor ha asolado las tierras, cuando a mediodía es imposible salir a la calle ni tampoco permite asomarse por la ventana. Cuando ni siquiera la penumbra logra que el calor no arrase con todo en la casa. Es la casa ahora un hueco de casi total oscuridad, silencioso y apagado, tal parece que la vida llevara ausente de ella largo tiempo.

Es ahora el tiempo de la inacción, no el de la reflexión ni el de la quietud, sí el de la obligatoriedad de la ausencia de todo. Es un tiempo de espera forzada a que todo mejore. Sobre todo que el clima refresque y nos permita poner el cuerpo a tono, dejar de vegetar, de sudar, de pensar que el desierto está a las puertas, como en la novela de Dino Buzzati. El desierto acecha y él es el símbolo de lo arrasado.

La vida es un progresivo secamiento, un continuo ir adelgazándose porque perdemos la inocente frescura de la juventud. La vida es un ir adentrándose en el desierto, un ir confundiéndote con él. Es un desprenderse de lo superfluo e ir acendrando lo esencial. Hubo quien cantó, con juvenil despreocupación y mucho de sorna, que no había futuro. El futuro se acaba a las puertas del desierto. El desierto es la ausencia de futuro porque es todo idéntico e igual es el tiempo. Detenido. Paralizado. En el agua los organismos se pudren, en el se secan y amojaman. Sequedad, grietas, arrugas. “Fear death by water”, dijo el poeta, equivocándose. Teme la muerte por deshidratación. Teme la sequedad que nos va acechando, nos va cercando, la sequedad del desierto que gradualmente nos va dejando sin oasis.

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P.S.: Completo la entrada con el poema bien conocido y por eso mal leído de Jaime Gil de Biedma:

De todas las historias de la Historia

sábado 30 de abril de 2011

Presentación de Editorial "Minobitia"

El próximo jueves 5 de Mayo presentaremos la editorial "Minobitia" en el marco de la I Semana Complutense de las Letras. Minobitia es la evolución de nuestro proyecto editorial "Minotauro Digital" que nació digital hace ya 14 años (si no recuerdo mal), tuvo una etapa en papel (la revista "Cuadernos del Minotauro" y 5 títulos de ensayo, poesía y narrativa) y ahora aúna ambas facetas en un proyecto que pretende ofrecer a los lectores diversas opciones para leer nuestros libros: en papel como siempre, en libro electrónico y también en lo que se ha venido denominando la nube, es decir, directamente en línea a través de internet.




De todo esto hablaremos este jueves en el Pabellón de la Feria del Libro Complutense que estará situado a la salida del metro de Ciudad Universitaria, y además, los dos primeros autores de Minobitia, Luis Pablo Núñez (autor del poemario "Luz, Light. Licht") y Fernando Figueroa Saavedra (autor de la novela, "El libro de Angelina" cuya segunda parte editamos ahora bajo el sello Minobitia) presentarán sus obras y dialogarán sobre las mismas.




Participan:
Valentín Pérez Venzalá (editor)
Luis Pablo Núñez (autor de "Luz, Light, Licht")
Fernando Figueroa Saavedra (autor de "El libro de Angelina)

Jueves, 5 de mayo. 17’00 horas
Pabellón de la I Feria Complutense del Libro
Frente al Vicerrectorado de Estudiantes
Salida del metro de Ciudad Universitaria
Entrada Libre hasta completar aforo
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