No hace mucho a algunos nos envió Ángel (siempre atento a todo aquello que haya de interesante en la cultura, en la poesía, en la vida) un enlace a Medialab Pro. Allá un vídeo y unas palabras acerca de nuevas experiencias poéticas. Nuevas, quizás no tanto pero en realidad sí, porque proponen una experiencia vivida desde la inmediatez de la palabra y de la puesta en escena. No tratan de leer simplemente los poemas, ni siquiera de acompañarlos con música. Los poemas se recitan, se acompañan de gestos, bailes, música, imágenes o improvisaciones corporales (por decirlo de algún modo).
Puede que sea una moda, puede que haya quien lo utilice para satisfacer su propio ego, pero también habrá quien experimente con la palabra, la gente y otras formas de expresión.
El lugar influye en la percepción que las personas tenemos de las obras artísticas. El ambiente influye también. No es lo mismo recitar en un aula magna que hacerlo en un bar. No es lo mismo un público de catedráticos encorbatados que otro de bebedores silentes o parlantes.
Hay una mutua conexión entre el lector, que recita, actúa y proyecta, y los oyentes, que dejan de ser solo eso para ser también espectadores y participantes.
Nadie sabe lo que puede dar de sí, qué sorpresas nos revelará. Al menos sabemos que es algo poético, y que la poesía, cuando es de verdad, cuando tiene voltaje, merece la pena.
(N.B.: Si pulsas en el título de la entrada, verás el vídeo y un pequeño artículo sobre las jornadas de Medialab.)
lunes 29 de junio de 2009
Poesía, imagen, performance, ...
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Santiago Rodriguez Guerrero-Strachan
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sábado 27 de junio de 2009
A propósito de Vicente Muñoz Álvarez

“Hasta los veinte años uno ha de soñar. A partir de entonces, ha de ir cumpliendo sus sueños”
Apócrifo
Apócrifo
Nos habría gustado ser Gene Vincent o al baterista de Ramones, o quién sabe si estar al lado de Johnny Thunders en el CGBG. También nos habría gustado viajar por las infinitas y perdidas carreteras onduladas del medio oeste, llevar un Remington y tararear las canciones de Johnny Cash. Nos habría gustado ser tantas personas, pero en alguna de las revueltas del camino de la vida nos damos cuentas de que al final solo somos nosotros y vivimos en una ciudad de provincias.
La poesía de Vicente Muñoz Álvarez es la de aquellos que disienten, que resisten y se rebelan, de quienes no se conforman con la vida como un telefilme, y dicen no y salen y recorren las avenidas y los callejones, la de quienes viven a la intemperie en la penumbra. En algún momento alude a los francotiradores y a la mirada de aquel que ha cerrado los ojos con tanta fuerza que al cabo de abrirlos le resulta todo desconocido. Aquí también reconocemos un punto de partida de la poesía: no ver el mundo tal como es o tal como nos lo describen. Hay que cerrar los ojos para luego abrirlos y asombrarnos con lo que vemos en esos primeros segundos. A veces nos damos cuenta de las ficciones que vivimos, de las fallas en nuestras vidas, los negros agujeros que se fueron comiendo toda nuestra energía.
El tiempo es el mal, a pesar de que los Stones lo ignoraran y cantasen Time is on my side, al igual que cantaron Route 66 o tantísimas otras. El tiempo es usura y desgaste. Nadie nos libra ni nos salva del tiempo, del momento en que no nos quedará nada sino mirarnos ante el espejo e intentar reconocer en el reflejo presente aquel que fuimos.
Poesía: disidencia, lucha: contra nosotros, contra el tiempo.
La fotografía es de Ángel Arribas y está inspirada en la poesía de Vicente Muñoz en general.
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Santiago Rodriguez Guerrero-Strachan
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martes 28 de abril de 2009
Laura Casielles
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Santiago Rodriguez Guerrero-Strachan
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Laura Casielles o la fuga del tiempo

Con frecuencia cada vez mayor me sorprendo contemplando el temblor de la luz por la ventana en cualquier día de invierno, cuando la mañana aún apenas se ha extendido de tan temprano que es, y pienso que la vida es un metrónomo que va pautando nuestros latidos y respiraciones. Después de leer Soldado que huye he entendido que el tiempo no es solo un lento discurrirse hacia la blancura de un vacío que desconocemos.
El tiempo de nuestra vida es también un tiempo encarnado en las nostalgias, sobre todo en la que nos asalta conforme vamos creciendo y, quizá sin ser muy conscientes, pasamos de un tiempo a otro: de la niñez a la adolescencia, de esta a la juventud, a la madurez remansada de los años sin abismo. No sé.
En el libro de Laura Casielles, hay muchos tiempos, quizás porque aún no apremia el final, quizás porque cuando se habla de amor, el tiempo se dilata o se deforma o se convierte en un magma extraño que nos envuelve maternal o diabólico. Hay el tiempo de la maduración o el envejecimiento aún solo presentido cuando contempla a las lolitas, porque hay un momento en que toda chica deja de ser una de ellas, hay el tiempo del disfrute y de los descubrimientos, el tiempo de aceptar que el vuelo se acaba y es necesario aterrizar, hay el tiempo de la derrota al presentir que no lograremos escribir algunas palabras, de saber que, a pesar de todos los esfuerzos, nunca amaremos a Ariadna. Hay el tiempo de ir descubriendo el mundo y luchar contra el desfallecimiento y las traiciones.
Mientras todos ellos nos van pautando la vida con sus diversos ritmos singulares, a veces encontrados y disonantes, la poesía va dejando constancia de los afanes humanos que van atravesándonos.
La fotografía es de Ángel Arribas, y está basada en el libro de poemas de Laura Casielles.
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Santiago Rodriguez Guerrero-Strachan
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martes 10 de marzo de 2009
María Eloy-García o la metafísica de la sociedad de consumo
Vivimos en una sociedad en la que las marcas comerciales poseen un valor superior al de los objetos, los nombres son más importantes que lo que designan, pues no es lo mismo ir al Eroski que al Prica o al Alcampo, y mucho menos si solo los nombramos como “el hiper de al lado de casa”. Vivimos en una sociedad posfordista donde la información es un valor de cambio mayor que la fuerza de trabajo, o al menos eso nos dicen, aunque haya aún reductos donde no se hayan enterado.
En una sociedad tal, ¿qué es la poesía?, ¿para qué sirve? Podríamos decir que la poesía sirve, hoy como ayer, para descubrir nuevos espacios de conciencia. Eso es lo que María Eloy-García logra con su escritura, porque una cosa es saber que hay hipermercados y gente que trabaja allí con jornadas extensas y sueldos menguados, y otra muy distinta es ser capaz de presentar ante la sociedad una reflexión, un apunte, una chispa de la vida que allí vibra.
La televisión, que no es un arte popular, nos ha ofrecido una imagen triste y ridícula de las dependientas y cajeras de los hipermercados. Eloy-García se enfrenta a la imagen estereotipada y le da la vuelta. El amor entre una poeta y una cajera es un tema señalado por su bajura estética, social, cultural, por su invisibilidad en el mejor de los casos, hasta que alguien se topa con “El ciclo de Hipermuriel” (Cuánto dura cuanto) y se percata del lirismo inmenso que rodea todo aquello. Pocos escritores son capaces de hacer de las vacas y cerdos y corderos despiezados el símbolo de la identidad humana y del amor apasionado (sexual, claro). Eloy-García lo logra en “La carnicera Muriel”: “en ese contenedor de recortes y de restos/ que conforman tu yo hecho pedazos/ pero en el que adivino exquisito/ el cadáver de tus ojos/ la línea desigual de tu cuchillo/ y el golpe seco de un tórax recién abierto”.
Habrá a quien le asalte el miedo por la desaparición de las certezas: “las verdades no son una usted los puntos numerados/ para hallar la figura del siguiente dibujo/ la verdad es que el dibujo es/ invéntelo” (La ranura), o por el poético mundo pretérito que se desvanece entre las brumas de la olvidadiza memoria. Otros, Eloy-García entre ellos, olvidarán los lamentos y trazarán la cartografía de un presente que por definición es siempre inestable y líquido. María Eloy-García además sabe que la figura común, o normativa o tradicional, del poeta no le sirve y nos advierte de que “el poeta es una moda delirante y en alza/ que pierde románticamente sus puntos/ en el bosque de los precios al consumo/ y es justo aquí y entonces que pierde el interés”. Quizás sea lo mejor que le haya ocurrido al poeta en los últimos siglos. Así además podrá ir al supermercado y hablar, soñar o amar con las cajeras, como uno más entre marcas comerciales.
La fotografía es de Ángel Arribas. Se titula "La cajera versátil" y está basada en "El ciclo de Hipermuriel" del libro Cuánto dura cuanto.
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Santiago Rodriguez Guerrero-Strachan
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viernes 6 de marzo de 2009
viernes 20 de febrero de 2009
Arañados signos. Nueva exposición
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Santiago Rodriguez Guerrero-Strachan
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