Desde siempre han estado allá, ocultas, sin un lugar propio, aunque quizás la casa, el espacio doméstico por excelencia lo fue. Allí, en cualquiera de sus rincones, solas, a hurtadillas, dejando labores más productivas para otros momentos, leyeron, o leían, eligiendo con cuidado porque el tiempo era escaso y las ganas enormes. Novelas de pasión, folletones de romances disparatados, poesías o cartas de otras, casi cualquier libro que hablara de las vida y de los sentimientos, pues la filosofía pertenecía al mundo masculino y era demasiado abstracta, y preferían (era mucho mejor, claro) algo concreto, real, anclado en la vida, algo que las moviese, en que se sintieran reflejadas.
Ahora los tiempos han cambiado. Ya no tienen que esconderse, la presencia femenina es algo aceptado y pueden tumbarse en el sofá, quedarse en la cama, buscar el rincón más cómodo, sentirse en casa de verdad. Cambian cosas, e incluso algunas prefieren la abstracción filosófica, pero pocas han renunciado a las historias marcadas por la vida y la experiencia.