domingo 20 de septiembre de 2009

Borrar las huellas

Me gusta imaginar que voy caminando por la playa, descalzo, en silencio, y que la lenta insistencia de las olas van borrando mis pisadas. Hace casi dos décadas que no voy a la playa, pero sigo recordando esa estampa, ya la única, de mi niñez. Mientras todos se bañaban, chapoteaban y reían ruidosamente, a mí me gustaba mirar hacia atrás y ver cómo mis pasos desaparecían. La playa era el lugar de todos, y por eso mismo no pertenecía a nadie. La playa era el lugar más concurrido pero, es curioso, dejada de ser un lugar real. A mediodía, cuando el sol caía de plano, y el agua era una plancha metálica que reflejaba con violencia la luz descendida, la playa, fulgor ardiente en la arena y en al agua, tomaba el aura de lo irreal. Años después he vuelto a recordar aquellos días extraños, quemados y envueltos por la calima.

Entiendo ahora alguna de mis obsesiones: el borrado de signos y huellas: El papel en blanco, el lienzo impoluto, el negativo sin luces ni sombras. Nos empeñamos en escribir, en llenar los huecos, en darle un sentido a lo que no tiene y en organizar escenarios, simular un orden que es siempre un sentido. Hemos llegado a momento en que todo es un archivo, un inmenso archivo donde guardamos, acumulamos o apilamos nuestra vida.
Internet se ha convertido en el lugar por excelencia, allá donde todos habitamos. Internet es el gran archivo en continuo crecimiento por aportes individuales. El mundo es ya un museo inmenso universal de lo insignificante y de lo inane. Años atrás alguien advirtió que habíamos llegado a un punto crucial y peligrosísimo en cuanto a la historia: escribíamos la historia mientras la veíamos pasar. Ahora hemos dado un paso más allá. Los actos, los hechos, los vemos ya como historia antes incluso de que existan.

Sería una hermosa y heroica tarea recuperar la pureza: perder la memoria, borrar las huellas, quedarnos en silencio, acaso para los que tienen algo que decir puedan ser oídos. Aunque esto, claro, nunca ocurrirá.

Lao Tsé: El que sabe no habla, el que habla no sabe.


(Estas son reflexiones y recuerdos surgidos de la conversación que Casilda García Archilla mantuvo con Ana Hatherly, y que se puede ver en Sociedad de diletantes)