lunes 30 de noviembre de 2009

El olvido, la muerte



Es la usura la mayor prerrogativa del tiempo. Todo cae en sus manos y todo siente su poder. El mito griego señala que Cronos devoraba a sus hijos para evitar que uno de ellos lo asesinara sin darse cuenta de que él mismo, Cronos, también estaba sujeto a terrible poder del tiempo y que también llegaría su final.
Nacemos y crecemos, y sin experiencia creemos que el mundo fue creado y fijado y que el cambio es algo que aconteció en el pasado, un pasado más o menos remoto que nos salva de las incertidumbres de lo desconocido. Sufrimos al percatarnos de que la mutabilidad es el estado propio de la Humanidad. Sufrimos e inventamos ilusiones que nos convenzan de que el mundo es algo estable, puesto en pie y con posibilidad de perduración.
Uno suele recordar la ciudad de su infancia y tiene por costumbre no ver (o no recordar en este caso) los cambios que la ciudad recordada fue sufriendo a lo largo de los años. Hay una tristeza infinita en los planes de ordenación urbana que condenan a los centros históricos a ser una caricatura, un remedo historicista de lo que algunos creen que fueron. Late un conservadurismo rancio en todo urbanista que sueña con despojar a la ciudad de las agregaciones que el tiempo y sus habitantes han ido añadiendo con el paso de las décadas. Trata el urbanista de crear un espacio no tocado por el tiempo sin percatarse de que la ciudad es ante todo tiempo, que una ciudad sin tiempo es solo un proyecto, muchas veces faraónico, de habitaciones de nueva planta.
Hay también quien sueña con mantener la ciudad tal y como entonces la conoció. Nada permanece igual, todo se encuentra sometido al cambio y a la destrucción, a la desaparición física y al olvido con posterioridad. Pero nos negamos a aceptarlo y veneramos las ruinas como si fueran lo contrario. Vivimos en una época retrospectiva, nos advirtió R.W. Emerson en el siglo XIX, y la tendencia solo ha ido afianzándose.
La usura del tiempo o el desgaste, eso que crea la historia, porque la historia solo existe con la muerte y el olvido. En el presente perpetuo que algunos sueñan nada desaparece mientras vamos añadiendo lo nuevo. Desaparecen las personas y los recuerdos, desaparecen los edificios y las calles. Un día desaparecerán también todas aquellas obras maestras que creímos inmortales: las de Rubens y Rembrandt entre tantas otras.