Cuando llegué a la Universidad, la revisión del canon literario continuaba, cierto es que sin la frescura de los primeros años y sin el desencanto y el enquistamiento que ahora es tan común y que se evidencia en un absurdo encastillamiento de posiciones con el propósito de no perder terreno ni poder. Algunos años más tarde, Duncan Wu publicó una antología de literatura romántica británica y ponía las cosas en su lugar. No hemos logrado derribar el canon en su totalidad. Sí que hemos conseguido abrirlo, quizás hasta el exceso, pero no eliminarlo. Todo canon se caracteriza por atenerse a unas reglas de compostura que son las que dominan la sociedad en cada momento concreto. Si hasta la pasada década de los noventa solo aparecían seis poetas románticos (William Blake, William Wordsworth, S.T. Coleridge, Lord Byron, P.B. Shelley y John Keats) y pocos novelistas más (Walter Scott, Horace Walpole, William Godwin y Mary Shelley) acompañados de los inmensos ensayistas Charles Lamb, Thomas de Quincey y en menor medida William Hazlitt, esta circunstancia era producto no del olvido ni del desinterés. En realidad eran las ideas de la época, tan influidas por T.S. Eliot, que venían a dar por sentado que lo demás no interesaba por su poco valor literario. Entre los escritores de poco valor se contaban muchas escritoras, varios prosistas que nunca practicaron los géneros narrativos mayores y algún que otro despistado o francotirador radical en una época contrarrevolucionaria.
La anterior revisión del canon la habían llevado a cabo T.S. Eliot y sus compañeros, Ezra Pound entre otros. En España había sido la generación del 27. En cierto sentido, tanto británicos como españoles dieron en otorgar mayor valor a los poetas del Barroco. Desde entonces la fortaleza literaria no había sufrido ataques de importancia, si acaso el apartamiento de algún nombre caído en desgracia por razones oscuras. Pero a mediados de los 70, empezaron a surgir voces que pedía un ensanchamiento de las obras que se señalaban como ejemplos de la cultura europea. Esto se hizo mucho más evidente en Estados Unidos. Al fin y al cabo, las minorías étnicas abundaban más allá que en Europa, y tenían más fuerza. No podemos desligar la lucha por los derechos civiles con la batalla porque el canon dejara de ser exclusivamente anglosajón. Con posterioridad, pero tampoco hubieron de pasar muchos años, la misma sacudida se sintió en todo el mundo cuando los países que no formaban parte de la cultura europea pidieron su lugar. Quizás a un lector español le resulte llamativo que la literatura hispanoamericana estuviera considerada de segunda categoría, al igual que la literatura africana o la asiática. (Aquí hemos de decir que las literaturas orientales antiguas gozaban de un prestigio conseguido durante el Romanticismo, fundamentado en una extraña admiración nacida de la visión exótica que Europa empleaba al contemplar esos países.) Fue entonces cuando, urgidos por otras revoluciones, muchos pensaron que podíamos derribar el alcázar de la preceptiva de los géneros y de de los autores literarios para construir un lugar abierto y fluido en el que entraran y salieran (aunque sobre todo se trataba de incluir) los autores y las obras con absoluta normalidad.
Ha habido quien ha avanzado que el canon de obras literarias se ha modificado como consecuencia de la caída en el número de personas que lee. La lectura apenas cuenta como actividad, si acaso en algunos círculos, mínimos, tiene un cierto predicamento. Ante tal situación, cada grupo social quiere colocar alguna obra representativa con el propósito de ser visible, y de decir que ellos también cuentan. Si en vez de leerse menos, se leyera más, no habría tanta preocupación por la lista de libros que merecen la pena ser leídas. Puede que no fuera muy desencaminada la periodista que publicó el argumento. Sin embargo creo más acertada la hipótesis de Wu. Como bien señalaba todo canon, repito, es la consecuencia de un acuerdo tácito entre la sociedad en el momento en que vive. Los valores, los silencios, las presencias no son fruto de la casualidad ni del desinterés. Acaso una larga tradición de arte didáctico, o mejor dicho ejemplarizante, nos ha llevado a la formación de paradigmas que refrenden nuestros valores y nuestras acciones. El arte se convierte en cárcel, en este caso. No es la única posibilidad, pero ha existido, existe y puede volver a ocurrir.




