Hemos tenido la suerte de vivir un momento de aceleración del tiempo y hemos visto muchas cosas. Es cierto que tal aceleración no ha venido acompañada de una revolución, que era el modo tradicional en que se presentaba, y ahí está Walter Benjamin para dar cuenta de ello cuando nos habla de la emergencia del acontecimiento. Esto no es bueno ni malo sino simplemente un signo de los tiempos que nos han tocado vivir. El Muro de Berlín cayó y con él algunos de los peores regímenes de la historia, resurgieron algunos fantasmas de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX que creíamos desaparecidos y resueltos (pero no era así). Los humanos necesitamos de certezas que nos sirvan de cobijo y cuando el sueño del comunismo se despeñó por el barranco, volvieron aquellos antiguos de las comunidades en torno a señas de identidad que todos podíamos identificar y con ellas rechazar a quienes no eran de los nuestros. También se ha ido propagando un ruptura con el tiempo anterior. Esto que ya algunos anunciaron en los albores del siglo XXI, y que casi nadie creía, se viene confirmando cada vez con mayor claridad. El cambio generacional es de tal magnitud que en poco tiempo habrá una distancia mayor entre los jóvenes de ahora y los que fuimos jóvenes en la segunda mitad del siglo XX que entre nosotros y los jóvenes del siglo XIX. Esto que es algo hasta cierto punto normal, sin embargo, tiene sus consecuencias. No lo contemplo con miedo, ni siquiera con extrañeza (aunque esta esté presente). Si acaso una cierta tristeza sí que me acompaña, en gran medida porque observo un achicamiento de los espacios culturales. Si dejamos de leer (y digo leer que no imitar ni seguir a pies juntillas) a aquellos que fueron grandes y que tuvieron temas importantes que decir (y de decirlos de manera artística) una estancia más o menos espaciosa y bien amueblada de eso que solemos llamar costumbre suele cerrarse y comienza el apolillamiento y el depósito polvoriento del olvido que va extendiendo su silenciosa sombra por toda ella. Puede que ya todo sea inevitable y que no haya nada en nuestras manos para evitarlo o frenarlo. Quizás también sea cierto que incluso en el siglo XX muy pocos eran los que seguían leyendo a Arthur Rimbaud o Charles Baudelaire, o a T.S. Eliot y a Wallace Stevens. No lo sé, pero sí sé que en esta época del museo total, algunas salas que en otros momentos fueron visitadas hoy están vacías, llenándose de telarañas y sin nadie que pasee por ellas o se ocupe de mantenerlas en un estado aceptable.
Esto que he venido diciendo de la lectura, en realidad quería decirlo del cine. A algunas salas, cada vez menos, beneméritas, que se afanan en proyectar películas que se salen de lo comercial: el ruido y los efectos especiales, lo ya sabido y la ausencia de la alusión, la velocidad y el guión cual papilla, a estas salas, digo, solo asisten personas que sobrepasan la cuarentena. Uno se puede apostar en la entrada y observar el futuro vacío que va acechando cada vez más cerca.
Esto que he venido diciendo de la lectura, en realidad quería decirlo del cine. A algunas salas, cada vez menos, beneméritas, que se afanan en proyectar películas que se salen de lo comercial: el ruido y los efectos especiales, lo ya sabido y la ausencia de la alusión, la velocidad y el guión cual papilla, a estas salas, digo, solo asisten personas que sobrepasan la cuarentena. Uno se puede apostar en la entrada y observar el futuro vacío que va acechando cada vez más cerca.

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