Yo estudié inglés, entre otras razones, para escapar del agobiante provincianismo de una ciudad castellana. Durante nueve o diez meses habitaba, más bien intentaba que el tiempo pasara y nadie se percatara de mi existencia, en una mínima ciudad grisácea suya vida giraba en torno al agro: las vidas unánimes del agricultor y del hombre de ciudad, de la ínfima ciudad regida por códigos estrictos de comportamiento social. (No piensen en una sociedad como la retrató Marcel Proust, ni Honoré de Balzac; si acaso piensen en la degradación de aquella que Josep M. de Sagarra describió con extraordinaria maestría y acidez en Vida privada.) Allá cada uno tenía su lugar y su código impuesto sin que pudiera decidir nada, allá abundaban, por floración espontánea, catedráticos de tertulia formados en la lectura de los tres periódicos que se recibían en el bar, la cafetería o el casino. La vida provinciana discurría lenta mientras los parroquianos se maceraban tarde tras tarde en brandi, chatos de vino y algún cubata.
El escape era Inglaterra (más tarde lo fue Estados Unidos) y su explosión colorida. El grito soez del punk me despertó. Nunca fui punk, pero al menos sí que pude contemplar que entre la propiedad y el tono mesurado y voz casi inaudible propia de aquellos castellanos y el comportamiento chirriante de los jóvenes londinenses, estos ganaban en mi corazón. Otra cosa fue la adaptación del punk en España. Nunca fue lo mismo ser punk nacido en el extrarradio madrileño que punk de Villacabras del Hontanar. Y a los madrileños se les notaba, a pesar de todo, demasiado el pelo de la dehesa.
De aquellos años de mi temprana educación (los cursis hablarán de educación sentimental) me queda el aburrimiento indescriptible de la vida provinciana y su vida de bares, tascas y conversación con voz engolada que proviniera de un cuero de vaca inflado, la impaciencia por aquellos que quieren saber todo de ti y por el aldeanismo de quien no te saluda por no ser de los de toda la vida de la ciudad, y una inconmensurable necesidad de pasar desapercibido para así no caer en las redes de la pequeñez provinciana que los caciquillos múltiples van cosiendo. También me queda el ejemplo de la vida cerrada y minúscula que tantos ven en el Medio Oeste estadounidense pero son incapaces de observar en su ciudad.
Todo esto viene a cuento de la muerte de Miguel Delibes y las reacciones posteriores. Hay quien ha dicho una verdad como la copa de un pino (admitida por el propio Delibes) y que se han encontrado con el enfado de los provincianos ignorantes que son incapaces de comprender un texto. Eduardo Jordà ha publicado un artículo en que viene a decir que el mundo que Delibes describe en sus novelas desapareció ya hace tiempo. Tan es así, y tan convencido estaba el novelista de ello, que los artículos que escribía en el suplemento dominical de El Norte de Castilla eran la crónica personal de un mundo que iba desapareciendo (como, por otro lado, ocurre con todos: lo moderno y nuevo de hoy será ruina y pasto del olvido, con tanta frecuencia clemente y conmiserativo, pasado mañana.) Nadie ordeña ya a mano las vacas y muy pocos pastores aún son trashumantes. (Una de las imágenes más poderosas de mi infancia es aquella en que desde la terraza veíamos a los pastores con sus interminables rebaños de ovejas, cabras y vacas acompañados de sus mastines. Siempre abandonaban algún cachorro que alguno de mis amigos acogía en su casa previo proceso de convencimiento a padre y madre.) Al fin y al cabo, Fermín Herrero, poeta y castellano, va escribiendo también de la pérdida de aquel mundo rural de su infancia. Otra cosa es que a algunos les resulte duro aceptar el fin de un mundo que ni siquiera han conocido, porque muchos de los lectores que Delibes pueda tener ni saben del vuelo de la torcaz ni de cuándo los cabritos están para destetarlos, o cómo buscar lebratos. Mucho menos conocen la vida de las mujeres que iban a los lavaderos públicos en pleno invierno castellano a lavar la ropa de la familia, o hervían la leche recién ordeñada para separar el líquido de la nata con la que hacer bizcochos.
Pero es el pasado idílico ya desvanecido el que nos conforta en este tiempo de comunicaciones telemáticas instantáneas, bitácoras y realidad ya casi exclusivamente digital. Al fin, el espíritu conservador permanece entre nosotros, que no queremos perderlo.
El escape era Inglaterra (más tarde lo fue Estados Unidos) y su explosión colorida. El grito soez del punk me despertó. Nunca fui punk, pero al menos sí que pude contemplar que entre la propiedad y el tono mesurado y voz casi inaudible propia de aquellos castellanos y el comportamiento chirriante de los jóvenes londinenses, estos ganaban en mi corazón. Otra cosa fue la adaptación del punk en España. Nunca fue lo mismo ser punk nacido en el extrarradio madrileño que punk de Villacabras del Hontanar. Y a los madrileños se les notaba, a pesar de todo, demasiado el pelo de la dehesa.
De aquellos años de mi temprana educación (los cursis hablarán de educación sentimental) me queda el aburrimiento indescriptible de la vida provinciana y su vida de bares, tascas y conversación con voz engolada que proviniera de un cuero de vaca inflado, la impaciencia por aquellos que quieren saber todo de ti y por el aldeanismo de quien no te saluda por no ser de los de toda la vida de la ciudad, y una inconmensurable necesidad de pasar desapercibido para así no caer en las redes de la pequeñez provinciana que los caciquillos múltiples van cosiendo. También me queda el ejemplo de la vida cerrada y minúscula que tantos ven en el Medio Oeste estadounidense pero son incapaces de observar en su ciudad.
Todo esto viene a cuento de la muerte de Miguel Delibes y las reacciones posteriores. Hay quien ha dicho una verdad como la copa de un pino (admitida por el propio Delibes) y que se han encontrado con el enfado de los provincianos ignorantes que son incapaces de comprender un texto. Eduardo Jordà ha publicado un artículo en que viene a decir que el mundo que Delibes describe en sus novelas desapareció ya hace tiempo. Tan es así, y tan convencido estaba el novelista de ello, que los artículos que escribía en el suplemento dominical de El Norte de Castilla eran la crónica personal de un mundo que iba desapareciendo (como, por otro lado, ocurre con todos: lo moderno y nuevo de hoy será ruina y pasto del olvido, con tanta frecuencia clemente y conmiserativo, pasado mañana.) Nadie ordeña ya a mano las vacas y muy pocos pastores aún son trashumantes. (Una de las imágenes más poderosas de mi infancia es aquella en que desde la terraza veíamos a los pastores con sus interminables rebaños de ovejas, cabras y vacas acompañados de sus mastines. Siempre abandonaban algún cachorro que alguno de mis amigos acogía en su casa previo proceso de convencimiento a padre y madre.) Al fin y al cabo, Fermín Herrero, poeta y castellano, va escribiendo también de la pérdida de aquel mundo rural de su infancia. Otra cosa es que a algunos les resulte duro aceptar el fin de un mundo que ni siquiera han conocido, porque muchos de los lectores que Delibes pueda tener ni saben del vuelo de la torcaz ni de cuándo los cabritos están para destetarlos, o cómo buscar lebratos. Mucho menos conocen la vida de las mujeres que iban a los lavaderos públicos en pleno invierno castellano a lavar la ropa de la familia, o hervían la leche recién ordeñada para separar el líquido de la nata con la que hacer bizcochos.
Pero es el pasado idílico ya desvanecido el que nos conforta en este tiempo de comunicaciones telemáticas instantáneas, bitácoras y realidad ya casi exclusivamente digital. Al fin, el espíritu conservador permanece entre nosotros, que no queremos perderlo.

7 comentarios:
"Uno no desearía nacer en esta ciudad" es una frase que podría ir de lo ofensivo a lo doloroso, según el leyente. No soy patriachiquerista, le pongo muchas pegas a esta ciudad, a veces odio a esta ciudad. A esta tierra es difícil quererla sin más, y nunca se la llega a querer del todo, pero yo la amo con todo mi corazón cuando alguien dice algo así de ella sin el tacto que tendría con cualquier otra tierra. Me duele Castilla, especialmente en casos como éste, aunque me cueste quererla porque sí.
Y no sé dónde ha visto ese señor tantísimas calles estrechas en nuestra ciudad, habla de oídas, lugares comunes, topicazos imbéciles...o visitó otra ciudad creyendo que era Valladolid. A Delibes le habrían dolido esas palabras, más que a mí, porque él amaba a esta ciudad mil veces más que yo, y seguro que se alegraba enormemente de haber nacido aquí, tanto que nunca se quiso ir. Yo me iría, al lado del mar, lo reconozco, pero no a Mallorca, ni de coña.
Es doloroso que nos traten con tan poquito tacto, porque seremos frios y resignados, pero tenemos nuestro corazoncito.
Estoy muy al tanto de toda la polémica surgida a partir del artículo de Jordá.
Soy vallisoletano, y también agonicé durante años hasta que pude escapar de allí. Si al señor Jordá se le ha atacado de esa manera, yo debería estar en el purgatorio hace ya tiempo por todo lo que he dicho sobre Valldolid.
A mi opinión se ha quedado corto, pero ha sido más que suficiente para que los vallisoletanos se retraten a sí mismos con la que han montado por un artículo de opinión.
Paisano, y te llamo tal en el sentido que utilizan la palabra los asturianos. Paisano, digo, tú no eres Vallisoletano, tú naciste en Valladolid, que no es exactamente lo mismo. Tú sí que has retratado a un cierto tipo de castellano, uno al que yo llamo Cazurro Renegado. Uno puede tener poco o mucho contra la tierra que lo vio nacer y contra sus gentes (y yo tengo más mucho que poco, para darte una pista) pero renegar de ella, así, en su totalidad, es de cazurros en el sentido más peyorativo del término.
Yo, por mi parte, hay una época del año,en la que venturosamente nos encontramos, en la que me alegro mucho de haber nacido en Valladolid.
Por esto:
www.panoramio.com/photo/1932195
www.panoramio.com/photo/10228786
Y por esto:
http:// commons.wikimedia/org/wiki/Semana_Santa_de_Valladolid
Va de tierras desérticas y áridas y de mamotretos artísticos que no sé cómo caben en las claustrofóbicas callejuelas de este poblacho que es Valladolid.
Qué paletería tan repatinante este repentino pucelanismo. ¿Habrá mucha gente así?
Yo no soy de Valladolid, y la conozco muy poco, pero lo que sí conozco es Palma, donde viví un año y visito con frecuencia. Y la verdad es que no desearía en absoluto haber nacido en esa ciudad. No por los paisajes, que son preciosos, sino por la gente que ha nacido allí, los isleños de toda la vida. Si en Valladolid son cerrados, ni les cuento lo que se encuentra en Palma. Cerrados en su mundo, sólo se relacionan entre ellos, como una casta endogámica. Su isla es la mejor del mundo, sólo estropeada por los peninsulares que acuden a enriquecerlos por su sol y playas... hasta que están dejando de ir viendo el trato desagradable que reciben, y entonces esos mismos isleños se lamentan de que se les ha acabado el maná. Ah, y las calles de la parte vieja de Palma son tan o más estrechas que las de Valladolid, y con los mismos cotillas acechando tras las persianas. Y cuando llueve, igual de fúnebres y desapacibles.
En el fondo, yo creo, es una cuestión de gustos. A mí, por ejemplo, una ciudad como Madrid, en la que he "vivido" un tiempo, me provoca un asco infinito, me resulta inhabitable, y me cuesta entender que un ser humano pueda soportar la indignidad de verse confinado en tal lugar. Sin embargo, yo no creo ser mejor ni peor que el urbanita más o menos convencido, ni creo que la gente de provincias sea más digna que la de capitales. Sin embargo, por una mera cuestión estadística, es evidente que en una capital el número de merluzos supera sin duda la media nacional. Es precisamente esa altísima concentración de estupidez (que en algunos casos toma la forma de un esnobismo vacuo y arrogante; pero tan revelador...) la que me mantiene alejado de la pompa urbana y me ayuda a sobrellevar mi humilde y cateto provincianismo.
Por una mera cuestión estadística, es evidente que en una capital el número de gente inteligente, chispeante, divertida y bondadosa supera sin duda la media nacional. Es precisamente esa altísima concentración de gente inteligente, chispeante, divertida y bondadosa lo que hace que una gran capital sea un buen sitio para vivir.
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