lunes 1 de marzo de 2010

Integrados y libertarios

Nunca he logrado entender el interés que tiene la gran mayoría de la gente por situarse en una posición de dominio. Las explicaciones de los antropólogos y de los biólogos que hablan de nuestra esencia predadora como corresponde a un mamífero de nuestra clase no logra convencerme. Quizás sea cierto que la cultura y la educación, así como algunas instituciones sociales, sean la sublimación de nuestros instintos carnívoros (por no llamarlos asesinos.) Quizás lo sean, no sé, pero como explicación vale poco, por no decir que tiene un alcance limitado.

Quizás sí sirva la explicación de que somos mamíferos territoriales para explicar por qué hay poetas o críticos que no permiten dentro de su ámbito de influencia a otros que no sean los de su cuerda. Comencemos por admitir que España es un país muy pequeño y que el reparto de prebendas es dificultoso por la misma escasez. Las subvenciones y las páginas de los periódicos son escasas. La gente no parece muy interesada en las novedades y la atención que ponen en la lectura es ínfima. Ante tal panorama, los poetas han de pelear para conseguir un mínimo de repercusión. Y han de seguir peleando para que se mantenga en el tiempo. Nadie quiere ser flor de una sola temporada. Aunque quién sabe si también puede ser miedo a que aparezca una joven promesa que amenace la indiscutible al macho de espalda plateada y sienes laureadas.

Hubo un tiempo en que los jóvenes se levantaban contra los consagrados. Les animaba eso tan trivial de una nueva estética, un modo nuevo, distinto, original incluso, de entender la poesía. Contra ellos los mayores se rebelaban para no perder su preeminencia, los toisones que se les acercaban ya y la inmortalidad que procuraban las obras completas encuadernadas en piel de becerro y papel de biblia con cantos dorados. Hubo un tiempo también en que algunos consagrados, o quizás no tan consagrados pero geniales poetas, alababan a mediocres para menospreciar a quienes eran buenos poetas. Al fin y al cabo, esa era la estrategia de Charles Baudelaire. Baudelaire, es cierto, trabajó dentro de unas coordenadas sociales muy distintas a las que hoy tenemos. Unas coordenadas donde el poeta tenía muchísima más libertad, a pesar de las demandas judiciales. La institución literaria de poetas, críticos, academias y premios existía y estaba firmemente controlado por algunos, pero no es menos cierto que el sistema literario (aquel que dicta la norma estética) estaba resquebrajado y por entre las grietas algunos se colaban. Eran años de libertad para la poesía, el arte o la filosofía. Podríamos llamarlos los años salvajes de la cultura. Para la cultura no oficial y mucho menos para la oficialista.

Quizás la imagen del escritor totalmente independiente de la sociedad, enfrascado en un arte propio y despreocupado de la respuesta de los lectores no sea cierta en su totalidad. Quizás sí que se preocupaban y luchaban en contra (o no luchaban, quién sabe, y escribían siguiendo la retórica de la época.) Quizás a pesar de conocer los gustos de quien leían poesía luchaban por ampliarlo.

Lo que es cierto es que hoy en día muchos escritores quieren estar a bien con algunos de los centros de irradiación de poder, ya sea municipal, autonómico o nacional. La Cultura se ha convertido en industria cultural y maneja un presupuesto, público en su gran mayoría, nada desdeñable. Esto hace también que los consagrados (o los instalados) no deseen que entre gente nueva, y que la selección sea muy severa (en términos numéricos). Pocos de los nuevos consiguen la invitación para morar en el Olimpo: el de las subvenciones, los premios y las páginas de los periódicos. Algunos sí que hay, por supuesto, pero son minoría. Escriben y publican como pueden, si pueden que a veces no. Se unen y crean editoriales pequeñas, independientes de verdad, cuyo futuro es casi inexistente, y la distribución está muy lejos de ser razonable. Quién sabe cuántas quedarán dentro de diez años. Muy pocas, por no decir ninguna. Lo más probable es que cuando despertemos del sueño, solo permanezcan los olímpicos, más envejecidos y más señorones, y sus discípulos. Seguirán dictando las normas y controlando el ingreso. Apelarán a la excelencia poética para justificar que nieguen el certificado de buenas prácticas poéticas a muchos. De vuelta a casa, se cerciorarán de que sigue bien cerrada la habitación en la que acumulan todos aquellos a quienes dieron su placet a pesar de que ni entonces ni después habían escrito no ya buena o mala poesía, sino ni siquiera poesía.