Sobre el tema ya he escrito en otras ocasiones. Supongo que la única razón es que me interesa mucho, casi hasta la obsesión, y que necesito escribir sobre ello para mostrar todas las caras del asunto o para encontrar alguna respuesta, que dudo que la tenga porque en el fondo no planteo nada. Quizás todo se deba a una mera propensión obsesiva de mi carácter, esa misma que me lleva a escuchar durante meses y meses la misma música día tras día o incluso varias veces en el mismo día.
Jorge Luis Borges especuló con su doble en varios cuentos que tenían el hálito de la pesadilla, y Fernando Pessoa dejó que asomaran otras voces que lo habitaban. Todas eran igual de reales; todas, igual de importantes. Ninguna fue una impostación de una idea o un sentimiento. Pessoa era él y todos ellos. Borges no fue solo él, lo acompañaban un puñado de autores muy queridos. En cierto modo, los dos lucharon para romper el mito romántico del artista. El romanticismo, que tantas cosas buenas nos ha dado, nos legó la figura del artista como una esencia que, en su desarrollo degenerativo, conduce al artista que supura egoísmo y obliga, porque lo pide, a que le rinda culto. Es cierto que la relación cultual no se asemeja a la de las religiones, pero a veces la relación que establece con el público, los lectores o los espectadores adquiere grados de servidumbre bastante levados. El artista como ególatra alrededor de quien el mundo gira guste o no guste.
Para contrarrestar esta anomalía, no me canso de apuntar que no hay artistas sino obras artísticas, que el exceso expresivo que el artista significa deja de tener sentido si no hay obras que merezcan la pena, y que deberíamos cambiar el estudio de la historia del arte, (que termina centrándose en las personas) por un estudio de las obras artísticas, estudio que sería crítico y poco sumiso. No hay escritores sino voces que modulan temas y recogen influencias, al igual que no hay pintores sino trazos u pigmentos, o volúmenes y vacíos en el caso de la escultura.
Les disgusta, he visto cómo muchos torcían el gesto, cuando les recordaba que antes de ellos ya habían estado otros. Esos que habían explorado nuevos territorios, que habían abierto nuevas posibilidades, que el artista no es un ser necesitado de expresión artística o urgido a ella, sino quien recoge las voces del pasado y las vuelve a modular después de haberlas escuchado con atención. El artista no es original, simplemente se dedica a recorrer caminos a trazados y a intentar abrir alguna pequeña senda mediante la cartografía que otros trazaron para uso comunitario.
No exagero al afirmar que el artista es una de las mayores imposturas que inventaron los románticos y que lo mejor que podríamos hacer es olvidarnos de ella como nos olvidamos de lo que estorba, porque, en el fondo, lo único que ha logrado la figura del artista es estorbar y confundir. El énfasis puesto en la expresión ha hecho que muchos olvidaran la necesidad de aprendizaje y reflexión estética. Y en su último desarrollo degenerativo, la expresión artística de la fuerte personalidad del artista ha desembocado en la moda, la de las pasarelas y la del barrio.
Jorge Luis Borges especuló con su doble en varios cuentos que tenían el hálito de la pesadilla, y Fernando Pessoa dejó que asomaran otras voces que lo habitaban. Todas eran igual de reales; todas, igual de importantes. Ninguna fue una impostación de una idea o un sentimiento. Pessoa era él y todos ellos. Borges no fue solo él, lo acompañaban un puñado de autores muy queridos. En cierto modo, los dos lucharon para romper el mito romántico del artista. El romanticismo, que tantas cosas buenas nos ha dado, nos legó la figura del artista como una esencia que, en su desarrollo degenerativo, conduce al artista que supura egoísmo y obliga, porque lo pide, a que le rinda culto. Es cierto que la relación cultual no se asemeja a la de las religiones, pero a veces la relación que establece con el público, los lectores o los espectadores adquiere grados de servidumbre bastante levados. El artista como ególatra alrededor de quien el mundo gira guste o no guste.
Para contrarrestar esta anomalía, no me canso de apuntar que no hay artistas sino obras artísticas, que el exceso expresivo que el artista significa deja de tener sentido si no hay obras que merezcan la pena, y que deberíamos cambiar el estudio de la historia del arte, (que termina centrándose en las personas) por un estudio de las obras artísticas, estudio que sería crítico y poco sumiso. No hay escritores sino voces que modulan temas y recogen influencias, al igual que no hay pintores sino trazos u pigmentos, o volúmenes y vacíos en el caso de la escultura.
Les disgusta, he visto cómo muchos torcían el gesto, cuando les recordaba que antes de ellos ya habían estado otros. Esos que habían explorado nuevos territorios, que habían abierto nuevas posibilidades, que el artista no es un ser necesitado de expresión artística o urgido a ella, sino quien recoge las voces del pasado y las vuelve a modular después de haberlas escuchado con atención. El artista no es original, simplemente se dedica a recorrer caminos a trazados y a intentar abrir alguna pequeña senda mediante la cartografía que otros trazaron para uso comunitario.
No exagero al afirmar que el artista es una de las mayores imposturas que inventaron los románticos y que lo mejor que podríamos hacer es olvidarnos de ella como nos olvidamos de lo que estorba, porque, en el fondo, lo único que ha logrado la figura del artista es estorbar y confundir. El énfasis puesto en la expresión ha hecho que muchos olvidaran la necesidad de aprendizaje y reflexión estética. Y en su último desarrollo degenerativo, la expresión artística de la fuerte personalidad del artista ha desembocado en la moda, la de las pasarelas y la del barrio.

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