domingo 4 de abril de 2010

Encarnación



Conforma al catolicismo, al contrario que a otras variedades religiosas cristianas, una fuerte carnalidad. En el cristianismo, la experiencia de la encarnación es central al misterio religioso. Sin encarnación no hay Hijo ni redención de la Humanidad. Supone que Dios pierde parte de sus características divinas para hacerse hombre. Al humanizarse es mortal, es carne; y como tal sufre, se duele y duda.
El misterio de la encarnación (el que un ser inmortal pueda volverse mortal) ha ocupado muchas páginas de teólogos. Muchos quisieron explicarlo a la luz de la dicotomía carne-espíritu, que es de origen griego, y ajena en principio al cristianismo. En la tradición cristiana se dice al comienzo: “Y el Verbo se hizo carne”, aboliendo así toda escisión. De ser “filosomáticos” acusaban los griegos de finales del siglo II a los cristianos. Hay en todo el catolicismo un elogio de la carne que puede resultar extraño, y aun desagradable y repugnante, a la sensibilidad contemporánea.
Gran parte del arte cristiano se cimenta en una exaltación del cuerpo. Pienso en San Sebastián, extraordinario ejemplo de cuerpo doliente que, en algunas de sus representaciones, despierta el deseo. O la Santa Teresa de Bernini, aquella monja en pleno trance extático, atravesada por Dios pero cuyo rostro delata solo la huella del placer sumo. Pensemos también en la Piedad de Miguel Ángel, austera en su frío mármol pero delicada en su aparición de Cristo muerto y contenida en la expresión del sentimiento de la madre. Hay en muchos pintores de los siglos XVI y XVII una delectación por el cuerpo. Hay un gozarse en la pintura de cuerpos variados que muestran sus formas y hablan de la carnalidad propia de este mundo. La mezcla de temas de la Antigüedad pagana con otros de raigambre cristiana ayuda a cimentar la tesis de la carnalidad cristiana.
La imaginería barroca, esa que luego vemos desfilar por las calles en la Semana de Pascua, participa también del imperio de la encarnación. Suelen oírse comentarios de que son imágenes tristes, siniestras, que muestran el dolor y el sufrimiento. Pocos piensan que cumplen con su cometido y que provienen de un entendimiento de la religión como algo sensible. La fuerza de las tallas radicaba en su capacidad para transmitir un estado de ánimo concreto. Estado de ánimo que, por supuesto, nada tenía que ver con el del imaginero. Este se remitía a un conjunto de situaciones y sentimientos decantados por la tradición que debía de representar con la mayor efectividad posible. Para ello había de pensar en una situación concreta, debía ser capaz de que el sentimiento quedara encarnado en una escultura que, a través de los rasgos particulares de cada talla, lograran transmitir a los espectadores no solo una enseñanza, siempre abstracta, sino la idea sensible de la Pasión, y para ello tenía que ser concreta y tenía que tocar la cuerda sentimental de la persona.
Hoy en día nos molestan porque son demasiado expresivas en sus sentimientos. Vemos sufrimiento y dolor y nos sentimos agredidos. Jean Baudrillard ha escrito con detenimiento y perspicacia acerca de las transformaciones que hemos sufrido a raíz de la aparición de la televisión y de la llamada realidad virtual. Lo que vemos lo estetizamos de manera más o menos consciente y por tanto lo despojamos de su realidad. No ocurre así con algunas manifestaciones culturales. Las corridas de toros, las procesiones de Semana Santa se van quedando fuera del curso de la historia. No nos importa visitar un museo y contemplar el Cristo crucificado de Juan de Juni o cualquier Virgen dolorosa del Barroco. Sin embargo, su presencia en las calles, en una recuperación de su función primigenia, nos deja azorados porque transporta y comunica una carga de sentimiento sensible más fuerte del que estamos acostumbrados a percibir.
Toda la Semana de Pascua, las procesiones, los penitentes, los oficios religiosos y sus letanías, la música que los acompaña: las lecciones de tinieblas, el memento mori, todo está preparado como una experiencia en la que sumergirse, un abandonarse a unos sentimientos, un dejar que salgan determinadas sensaciones. Es una inmersión en lo más profundo de nuestro ser con el propósito de salir renovados. Es algo que el catolicismo comparte con otras religiones mistéricas y raigambre indostaní o mesoamericana. Las variedades del Cristianismo que se separaron del tronco común, sin embargo, han evolucionado hacia estilos más austeros, menos dados a la imagen y a las celebraciones comunitarias, y más centrados en la abstracción y en el individuo. Es más que evidente que son estas las que marcan la sensibilidad de hoy en día y que la Semana Santa como tal va quedando como un atractivo turístico que puede llegar a escandalizar por la crudeza de sus imágenes y la fuerza que exigen de los sentimientos.