Volvía días atrás a lecturas que no abandono aunque pueda estar sin volver a ellas temporadas más o menos amplias. No las abandono porque aunque no las lea, están ahí, forman parte de mí, me conforman, sin ellas yo no sería yo, sería otro, y con ellas soy también otro, ese que ellas hicieron. Volvía a algunas de ellas, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Wallace Stevens o Ralph W. Emerson.
La lejanía temporal de Emerson es, cuando lo leo, una simpatía cercana, cercana a la amistad, como si nos hubiéramos conocido y pasado algunos buenos ratos de conversación. Emerson es, sobre todo, un estimulante. Creo que en gran medida eso es lo que pretendió. A pesar del mandarinato que ejerció en la segunda mitad del siglo XIX en los Estados Unidos de América, lo verdaderamente valioso es la capacidad que tiene para animar a las personas, la capacidad para convencerles de que cada uno ha de buscar su camino en la vida.
Emerson, que era un hombre de letras, un philosophe, ensayista u orador, sin embargo se levanta contra la triste costumbre de todos aquellos que toman las ideas que hay en los libros como si se tratara de
Algunos autores carecen de originalidad, imaginación o curiosidad. Construyen su vida alrededor de uno o varios grandes escritores, españoles y extranjeros. Traducen y antologan siempre lo mismo, los mismos poemas y cuentos, los mismos ensayos. Las mismas palabras en sus traducciones, que ya fueron traducidas por otros con gran perspicacia y encontrando un modo original y exacto de verter al español aquello que en otra lengua era opaco para nosotros.
Hay dos maneras de estar con los grandes. Hay quien aprende de ellos y aprovecha y sigue sus lecciones. Hay quien, incapaz de eso – que es de una dificultad extraordinaria – simplemente se pega cual lapa a ellos, o los pega como si se tratara de chapitas o medallas al mérito literario en su pechera y los pasea. Pasean juntos, se pavonea de quienes lo acompañan ajeno a que sus acompañantes ni siquiera lo saben, pero él sí que sabe que los demás saben quienes lo acompañan.
Hay un deseo de colocarse en la cúspide, que no en el centro. Hay un deseo de formar parte del canon cuando aún solo se tienen treinta años, cuando la obra no ha cuajado aún, a veces cuando ni después de veinte años más cuajará. Hay que ocupar lugares, ser visible, estar ahí y llamar la atención. Para ello nada mejor que echarse uno o dos, incluso tres o cuatro clásicos en la mochila y llevarlos de aquí para allá. Componer con ellos, reseñas y traducciones, escritos varios y discursos. Al fin, siempre habrá alguien que piense que si tan alta compañía ha elegido será por méritos y no por esclerosis intelectual múltiple.
José Ángel Valente dejó dicho que la poesía era conocimiento, revelación de zonas aún no exploradas. ¡En qué gran olvido han caído sus enseñanzas!

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