lunes 15 de febrero de 2010

Incierto futuro


Hemos tenido la suerte de vivir un momento de aceleración del tiempo y hemos visto muchas cosas. Es cierto que tal aceleración no ha venido acompañada de una revolución, que era el modo tradicional en que se presentaba, y ahí está Walter Benjamin para dar cuenta de ello cuando nos habla de la emergencia del acontecimiento. Esto no es bueno ni malo sino simplemente un signo de los tiempos que nos han tocado vivir. El Muro de Berlín cayó y con él algunos de los peores regímenes de la historia, resurgieron algunos fantasmas de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX que creíamos desaparecidos y resueltos (pero no era así). Los humanos necesitamos de certezas que nos sirvan de cobijo y cuando el sueño del comunismo se despeñó por el barranco, volvieron aquellos antiguos de las comunidades en torno a señas de identidad que todos podíamos identificar y con ellas rechazar a quienes no eran de los nuestros. También se ha ido propagando un ruptura con el tiempo anterior. Esto que ya algunos anunciaron en los albores del siglo XXI, y que casi nadie creía, se viene confirmando cada vez con mayor claridad. El cambio generacional es de tal magnitud que en poco tiempo habrá una distancia mayor entre los jóvenes de ahora y los que fuimos jóvenes en la segunda mitad del siglo XX que entre nosotros y los jóvenes del siglo XIX. Esto que es algo hasta cierto punto normal, sin embargo, tiene sus consecuencias. No lo contemplo con miedo, ni siquiera con extrañeza (aunque esta esté presente). Si acaso una cierta tristeza sí que me acompaña, en gran medida porque observo un achicamiento de los espacios culturales. Si dejamos de leer (y digo leer que no imitar ni seguir a pies juntillas) a aquellos que fueron grandes y que tuvieron temas importantes que decir (y de decirlos de manera artística) una estancia más o menos espaciosa y bien amueblada de eso que solemos llamar costumbre suele cerrarse y comienza el apolillamiento y el depósito polvoriento del olvido que va extendiendo su silenciosa sombra por toda ella. Puede que ya todo sea inevitable y que no haya nada en nuestras manos para evitarlo o frenarlo. Quizás también sea cierto que incluso en el siglo XX muy pocos eran los que seguían leyendo a Arthur Rimbaud o Charles Baudelaire, o a T.S. Eliot y a Wallace Stevens. No lo sé, pero sí sé que en esta época del museo total, algunas salas que en otros momentos fueron visitadas hoy están vacías, llenándose de telarañas y sin nadie que pasee por ellas o se ocupe de mantenerlas en un estado aceptable.
Esto que he venido diciendo de la lectura, en realidad quería decirlo del cine. A algunas salas, cada vez menos, beneméritas, que se afanan en proyectar películas que se salen de lo comercial: el ruido y los efectos especiales, lo ya sabido y la ausencia de la alusión, la velocidad y el guión cual papilla, a estas salas, digo, solo asisten personas que sobrepasan la cuarentena. Uno se puede apostar en la entrada y observar el futuro vacío que va acechando cada vez más cerca.

domingo 14 de febrero de 2010

De la decadencia

Estos escritos deberían llamarse “Apuntes de la vida tranquila” porque como anotaba Arthur Schopenhauer en su Diario de viaje, “La segunda parte de la vida contiene (…) menos afán, una mayor sosiego, una mayor serenidad”, y así es como me siento en los últimos tiempos, aunque desconozca si he entrado ya en la segunda parte de mi vida (puedo sospechar que es así, pero quién sabe si es la segunda o ya la tercera). Hay un menor afán y una mayor tranquilidad como si la vida ya no importara tanto o hubiera una mayor distancia entre la vida y yo (cualquiera que sean las variables vida y yo). Esto, me ha sorprendido, no se traduce en un menor interés por el mundo, por los sucesos que van aconteciéndonos o por lo que gente más joven que yo pueda hacer. Sigue interesándome en la misma medida que hace años cuando todo era nuevo y mucho más excitante. Quizás no fuera mejor pero sí que me llamaba la atención y dedicaba gran parte de mi esfuerzo y afanes a conocer e intentar entender lo que ocurría. Ahora, con menos fuerzas, sigo intentándolo aunque siento que no me va en ello la vida. El esfuerzo, casi diría imperio, de las sensaciones ha dado paso a algo mucho más sencillo: el escrutinio desapasionado, aunque a veces debería decir adormilado, pero nunca cínico ni despectivo, de lo que sucede a mi alrededor. Creo no haber perdido la intensidad emocional pero sí que soy consciente, y me alegro de ello, de que los excesos, que se resolvían en aspavientos gestuales, han desaparecido casi por completo.
Al final veo la vida desde una ventana, como quien en las noches sofocantes del verano, se asoma en mangas de camisa y fuma o simplemente deja pasar el tiempo mientras observa las personas que corretean y se afanan allá abajo en la acera. Así creo que me comporto ahora. Ya no lanzo dicterios por lo que no comparto, aunque el silencio no quiera decir que lo apruebe o que me traiga sin cuidado. Últimamente he paseado por las librerías de los grandes almacenes, por las grandes librerías de las capitales de provincia, y me he ido fijando en los libros que se amontonaban en las mesas y en las estanterías, también en los que se apilaban en el suelo. La grandísima mayoría son del tipo llamado best-seller. Yo contra el best-seller tengo todo en contra. Desde que me parece una auténtica tomadura de pelo hasta que para qué leer no lo que no es verdadera lectura sino simple juntamiento atropellado de palabras. Mientras me perdía en ese paseo por entre las hojas ya muertas, recordaba que años atrás, digamos diez o quince, los libros expuestos en las mesas eran de muy distinta ambición. Algunos eran mejores y otros peores, pero casi todos tenían cierta voluntad de perduración y de mantener un pequeño hilo que los uniera al pasado. No querían copiar lo ya hecho pero manifestaban una filiación que ahora no percibo porque, es evidente, no existe. Entre el best-seller y la literatura que se ha venido escribiendo en los últimos tres siglos no hay líneas perpendiculares. Ocupan dos universos que no se comunican.
El cambio en lo que se publica conlleva un cambio importante, que no sé si es anterior o posterior, en los gustos de los lectores y en la lectura en sí misma. No me refiero únicamente a la falta de reflexión que el best-seller favorece. Me preocupa sobre todo esa ruptura con el pasado, la tradición por llamarlo de un modo más conocido. Anteriormente, quien más quien menos procuraba con hacerse con una pequeña biblioteca de clásicos entre los que figuraban aquellos libros que otros habían dicho que eran buenos o que merecía la pena que leyéramos. Hoy en día eso ya no tiene importancia ni fuerza, no significa nada para las generaciones más jóvenes. Por razones que desconozco los jóvenes han roto de manera radical con la tradición y un libro publicado a finales del siglo XIX o en el siglo XX carece de interés. Las excusas las conocemos todos. No dejan de ser una vulgarización de un sentimiento de rebeldía que tuvo su razón de ser y es ahora carne de baratillo para corazones simples que aman las redes sociales y el espíritu catequista. Lo viejo es aburrido, carcamal y pesadísimo. Supongo que no carecen de razón. Dostoievsky es aburrido, es un carcamal, y lo peor de todo, es un moralista que escribe novelas de setecientas páginas. Ahora solo nos queda saber qué son los jóvenes.