
Al libertino nos lo representan como un hombre enfangado en los placeres, la molicie y el escapismo. La realidad es bien otra. El libertino, más en contra de su voluntad que por deseo propio, es una persona con un coraje que en algunos casos llega a ser sobrehumano.
Hemos de tener en cuenta que el libertino se rebela contra todo puritanismo, o lo que es lo mismo contra toda imposición del Poder, ese poder que es difuso en algunos sentidos pero bien palpable en otros. Los medios de formación, difusión y difuminación de la información repiten consignas que, aun a pesar de su palmaria estupidez, los oyentes, que es como decir la grandísima mayoría del mundo, termina por creer o por seguir. No importa que sean o no verdad, que sean prudentes o descabelladas. Todos sabemos que si las repiten un número de veces suficiente, esa opinión pasará por cierta, e incluso por necesaria. Será al final de obligado cumplimiento, y la obligación, curiosamente, Será interna (o moral como decían antes).
El libertino, confiando en su experiencia, en su subjetividad, sabe que nada hay menos cierto que las verdades que pasan por ser transparentes e indudables para todos. Todo conocimiento, toda elección moral ofrece alguna zona sombría. Sabe que junto con la alegría por los placeres, la vida le ofrece algunos momentos oscuros que también ha de vivir para que así la experiencia no sea plana. El placer del banquete va asociado a las molestias físicas de la digestión. Al amor por alguien le acompaña siempre el peligro de que desaparezca. Al lado del coraje de decidir por sí mismo camina el error en las decisiones. Lo puritanos, sin embargo, no tienen esos problemas: se cuidan en las comidas, no aman más que a sí mismos, o a entidades fantasmales de tan colectivas que son, y para las decisiones delegan en una autoridad superior.
Hay quien tiene miedo y piensa que nada hay más peligroso que equivocarse. Hay quien quiere hacer la revolución, su propia revolución, y sabe que todo lo demás es innecesario, otros anhelan el premio futuro y a ello dedican todos sus esfuerzos. Todos ellos comparten la misma característica: tienen principios sólidos, evidentes e indestructibles. El libertino, sin embargo, sabe que nada hay indiscutible, que los principios morales son el resultado de un proceso de pruebas, cambios y negociaciones sociales. Sabe, por tanto, que cuando no hay una autoridad que inspire las normas ni hay un ser supremo que nos inspire el conocimiento, este provendrá de la experiencia, y que la experiencia es subjetiva y falible. Mejor no afirmar nada con demasiado rotundidad, piensa; mejor entregarse a la vida, para así, poco a poco, saber algo más de los demás y de nosotros mismos.
