viernes 22 de julio de 2011

Execración del aficionado



Solía recordar Luis Cernuda aquello de que José Ortega y Gasset era el mejor literato entre los filósofos y el mejor filósofo entre los literatos, dando así a entender Cernuda, de manera suave pero no exenta de acidez, que Ortega y Gasset no era ni lo uno ni lo otro, y que había en él más de aficionado que de profesional.

Hoy en día la tendencia ha incrementado su fuerza, y no porque los filósofos quieran ser literatos o estos filósofos, sino porque abunda cada día más el que no sabe de algo pero se dedica a ello. No al modo en que Ortega y Gasset lo hacía (ojalá fuera así); más bien, lo hace de una manera floja, sin convencimiento ni empeño. Dedica muchas horas, sí, pero le rinden poco.

Quizás sea que como dijo alguien, ahora con un ordenador cualquiera puede ser novelista. Y con una cámara digital, fotógrafo. Gracias al abaratamiento de los bienes y de los costes cualquiera puede dedicarse a aquello que le gusta o que piensa que le gusta. Con el programa adecuado, cualquiera puede grabar un disco, o puede maquetar un libro que luego imprimirá. Puede, por supuesto, hacer fotografías con una calidad visual, que no artística, elevada. Puede incluso, si se lo propone, pintar o componer música. Y así estamos todos, tan contentos, creyéndonos artistas, dejando que nuestra personalidad se exprese, como si hubiera habido algún momento en que no lo hizo.

Es lo que tiene que la artisticidad (la esencia del artista) esté al alcance de todo el mundo, pues si alguien tiene un sueño, ¿cómo no va a cumplirlo? Y el solo hecho de su ejecución supone que sea extraordinario.

Cada vez con mayor frecuencia, me desagradan los artistas y me inclino por los artesanos. El artesano no pretende que su alma, su personalidad, su inflado ego en suma, se exprese. El artesano ha aprendido una profesión, conoce y domina algunas técnicas y las ejecuta buscando siempre que lo que hace esté bien hecho, no interesándose en expresar la insoportable vaciedad de nuestros egos posmodernos.

Hubo un tiempo en que ser editor era una profesión modesta, en la que algunos ganaban dinero pero no siempre y no todos. Quien se metía al oficio de editor sabía de sus peligros, inconvenientes y problemas. Lo hacía armados de buen saber literario, con gusto por la encuadernación y con una agenda lo suficientemente buena como para que sus libros pudieran tener una mínima repercusión pública. Lo mismo ocurría con los músicos. Al menos sabían interpretar bien una partitura cualquiera y grababan con unos mínimos de calidad sonora. No hablo de los escritores, pues eso sería el no acabar.

Que nos digan que lo nuestro no es eso que nos ha dado por hacer es algo que no aceptamos. Lo nuestro es la expresión de nuestra psicología, personalidad o como queramos llamarlo. Lo nuestro es lo que nuestro capricho nos dice que es. Independientemente de la calidad o de lo que podamos aportar de novedoso. Nadie nos puede decir que no pues enseguida argüimos que nos están censurando o traumatizando. En una sociedad con argumentos tan débiles, es normal que los aficionados abunden y apenas quede rastro o memoria de los verdaderos profesionales.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Personalmente no tengo nada en contra del hecho de que se democratice el acceso a los medios con que se produce arte. Otra cosa es que, como consecuencia, cualquier aficionado se considere perteneciente a algún tipo de élite o aristocracia intelectual, pero ese es un problema que se extiende más allá de lo artístico, o así me lo parece.