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lunes 2 de junio de 2008

Ada Salas


Hay la longitud del razonamiento, y hay también la brevedad del fulgor inspirado. Algunos necesitan cientos de resmas para explicarnos su mundo, y hay otros que en dos instantes iluminan su vida y la nuestra con los silencios y las emociones que nunca supimos contenidos en nosotros. Se me ocurre que la poesía a veces es una actividad de indagación. Como en un poema de Ada Salas, ha de madurar y derretirse como la nieve, desaparecer y que solo el mínimo rastro del charco descubra lo que una vez fue. Para perdurar a veces hay que desaparecer. Quedará el rastro de lo que fue sentimiento contenido en forma, quedará el temblor de lo que fue vida, quizás también el débil aleteo de unas palabras pronunciadas cuyas ondas se van perdiendo.
Del mismo modo, la vida se representa en la fachada principal pero se vive o se oculta en los patios traseros, en los silenciados jardines de la infancia, en los cerrados ámbitos del deseo, entre los dos espacios que solo la esperanza nos deja cuando la sabemos capital del miedo.
Hay quien busca vivir infinidad de años, acumular y ser señalado. Otros saben que la vida es simplemente el camino que se recorre con la austeridad que una experiencia despojada nos puede dar.

La fotografía, de Ángel Arribas, se titula Cementerio y está basada en la poesía de Ada Salas.

jueves 1 de mayo de 2008

A propósito de Julieta Valero


“El rostro es una enfermedad” nos asegura Julieta Valero en Los heridos graves, y su mínima afirmación es una piedra lanzada contra la superficie inmóvil del estanque, una superficie tranquila en medio de un ambiente reposado y estable. El rostro es la enfermedad de la identificación rápida, palmaria y también falsa, porque el rostro puede decirlo todo o puede ocultar cualquier estado de ánimo. La tristeza o la alegría, el dolor o el vacío, el rostro es, en los momentos decisivos, la máscara tras la cual nos ocultamos y dejamos que la gente crea que nos conoce. El rostro es la clausura de la imaginación. El rostro, además, se solidifica y endurece en la edad adulta, en esa edad en que las habitaciones de juego, o están vacías o acumulan el polvo pesado de los años que llevamos desertando de ella.
La casa es, en cierto sentido, lo contrario del rostro. La casa alberga al yo, lo acoge en un interior despojado y le permite deambular por entre las sombras y los silencios. El yo recorre las salas de pasos perdidos de la memoria y oye cómo resuenan sus pisadas por entre una atmósfera fantasmal. Pero nadie comparece, ni los cadáveres de entonces ni los recuerdos ni las voces que entonces dieron sustancia a la morada. La casa es el alma vacía, fría, hueca de todo.
La vida es una perplejidad que nos va asaltando a cada momento. La vida es un ir dejando que nos abran heridas y que estas vayan secándose al sol de la soledad.

La fotografía es de Ángel Arribas y está basada en el poema: "Canción de los que han puesto casa" del libro Los heridos graves.

martes 1 de abril de 2008

Eduardo Fraile


Al poeta lo veo de vez en cuando, por la calle, en esta ciudad tan seca e inhóspita para gente que desee algo más que subsistir. El paso siguiente, necesario, ineludible, quizás también triste es preguntarse qué es un poeta, y si ese señor que camina con aire abstraído, con gesto huidizo y ademanes sincopados, podría serlo y por qué, si acaso en el maletín negro que balancea guarda la esencia de eso que llamamos poesía y que cada vez es algo más indeterminado, borroso y mortecino.
La poesía, todos lo sabemos, se está extinguiendo. Quizás haya ya desaparecido y lo único que nos quede sean los rastros débiles de una actividad que entonces tenía sentido, pero que ahora no pasa de ser una infantil actividad museística reservada a los espíritus incapaces de enfrentarse con el mundo. O eres contratista o te dedicas a la poesía. Ese es nuestro destino, el ácido y lúcido destino de los vencidos antes de entrar en batalla.
Aunque quizás el poeta, Eduardo Fraile, desconozca el torrente de pesimismo que arrasa las calles de una ciudad que no es ni suya ni mía, una ciudad que no es de nadie, pues si lo fuera no la maltratarían con tanta mala saña. Quizás por eso es capaz aún de pasear un maletín negro, dibujar dedicatorias y escribir poemas que hablan de un pasado, el suyo, pero que podría ser el nuestro (lo es en cierto sentido más allá de la pura literalidad).
La poesía, claro, el juego, y el recuerdo, la risa y la melancolía, el tiempo que ya se nos ha escapado (y la meditación triste que nos provoca) y las ligeras variaciones sonoras que confunden y revelan los significados.
Fraile se queja de los pocos poetas elegantes que ha habido en este siglo ya pasado. Quizás sea el de los últimos, entre los elegantes y los poetas, que atraviesen el nuevo siglo.


La fotografía es de Ángel Arribas. Se titula "Investigación de la verdad" y está basada en el poema "Quién mató a Kennedy y por qué", del libro de Eduardo Fraile de título homónimo.